El informe del CIAE subraya una idea fundamental: el coste del espacio no es solo una partida de gasto, sino una variable de competitividad. Para numerosos comercios, talleres, consultas, oficinas y servicios, el alquiler constituye uno de los principales costes fijos. Su rigidez contrasta con la variabilidad de los ingresos, especialmente en actividades de pequeña dimensión donde la facturación puede fluctuar de forma significativa.

El documento señala: “El inmueble constituye una verdadera infraestructura productiva, cuyo coste incide directamente sobre su estructura económica y, por consiguiente, sobre sus condiciones de viabilidad”. Cuando el coste del espacio aumenta más rápido que los ingresos, una proporción creciente del margen empresarial se destina a mantener el acceso al local. Este proceso reduce la capacidad de invertir, digitalizar, renovar equipamientos, contratar o constituir reservas.

El informe describe esta cadena de efectos de forma precisa: “Aumento del coste inmobiliario → incremento de los costes fijos → reducción del margen → menor capacidad de ahorro e inversión → menor resiliencia ante contingencias → mayor vulnerabilidad empresarial”. Esta secuencia explica por qué la presión inmobiliaria puede actuar como un proceso gradual de debilitamiento económico, incluso cuando la actividad continúa abierta y mantiene niveles razonables de facturación.

La continuidad formal de un negocio no garantiza su sostenibilidad. Una actividad puede permanecer operativa mientras renuncia a inversiones necesarias, consume reservas, aplaza contrataciones o incrementa la dedicación personal del titular. Estas decisiones permiten resistir a corto plazo, pero reducen la capacidad de adaptación futura. Incorporar esta perspectiva a la agenda económica es imprescindible para fortalecer el tejido autónomo y evitar que la presión inmobiliaria se convierta en un freno estructural a la productividad y la innovación.